Los lunares de tu espalda

- ¿Sabes? Cada lunar de tu espalda me cuenta una historia.- dice mientras sus dedos se deslizan despacio sobre su piel - Éste de aquí me ha dicho que antes vivía en la espalda de una princesa que no podía soñar.
- ¿Y qué le pasó a la princesa? – contesta con curiosidad.
- El día que tuvo su primer sueño, se asustó tanto que salió corriendo de palacio y nunca volvieron a verla. – dice mientras sus dedos comienzan a trasladarse en busca de otro lunar.
- ¿De quién era éste otro?- señala un lunar que tiene cerca del omoplato.
- Ese era de un guerrero samurai. Todos le temían y respetaban. – dice con solemnidad.
- ¿Qué fue de él?
- Se encontró con cierta princesa – ríe – tuvieron dos hijos y él terminó cambiando la espada por el biberón.
- ¿Y éste?
- Ese antes vivía en mi piel. – sonríe con picardía- Se pegó a la tuya un día que dormíamos espalda con espalda.
- ¿Y qué te cuenta?- dice cogiéndola por la cintura.
- Dice que te quiero con locura.

Entonces él se da la vuelta y ella deja de contar lunares para empezar a contar besos.

Los hombres del maletín negro y el niño que silbaba canciones alegres

El día que los hombres de maletín negro llegaron a la ciudad nadie podía imaginar que, con su llegada, llegaría también el silencio.

Eran cuatro hombres de mediana edad, ataviados con trajes de color oscuro y corbatas anudadas al cuello. Llevaban gafas de montura plateada y maletines de piel negro cerrados con llave. Llegaron a la ciudad una mañana lluviosa, con sus serias caras y su impoluto aspecto, dispuestos a todo por conseguir su objetivo.

La ciudad de nuestra historia, no era una ciudad corriente. En esta ciudad las personas eran completamente felices. De carácter afable y sonrisa perpetua, los habitantes de esta ciudad vivían alegres y despreocupados, desempeñando sus tareas con absoluta dedicación. El motivo de su felicidad era sencillo y, a la vez, absolutamente incomprensible. Los habitantes de aquella ciudad eran tan felices gracias a Luca.

Luca era un niño de unos nueve o diez años, que recorría la ciudad silbando alegres canciones. Saludaba a los habitantes de la ciudad con su enorme sonrisa y les dedicaba aquellas canciones con entusiasmo, contagiándoles su felicidad y su ritmo. Aquellas canciones tan alegres devolvían la ilusión a los habitantes de la ciudad y les transmitían un optimismo tan fuerte que, en tan solo unos segundos, todos ellos eran completamente felices.

Los hombres del maletín negro no habían escuchado hablar de Luca y desconocían, por tanto, el maravilloso secreto de la ciudad pero tenían una misión: estaban recorriendo todo el país para hacer cumplir una nueva ley.

La ley trataba de resolver un problema que afectaba al enorme país al que pertenecía nuestra ciudad. Un problema que hubiera pasado desapercibido si uno de los hombres que piensan demasiado, no hubiese dado con él.

- Todo tiene un precio – dijo un día en una reunión de hombres que piensan demasiado – la comida, el transporte, la electricidad, la ropa, la gasolina…
- Eso ya lo sabemos – contestó otro de los hombres que piensan demasiado, aburrido tras haber escuchado cientos de ideas absurdas.
- Lo que quiero decir es que, si todo tiene un precio, ¿por qué no cobramos por ello?
- ¿Qué quieres decir? – corearon, al unísono, todos los hombres que piensan demasiado.
- El aire es gratis. – sentenció.
- ¡Pero no podemos cobrar por el aire! – gritó alguien.- Sería absurdo.
- La felicidad es gratis – se apresuró a decir.
- No se puede cobrar por algo que no nos pertenece. – dijo una voz.
- La música – sonrió – la música si nos pertenece… y no cobramos por utilizarla.

Los hombres que piensan demasiado comenzaron a elevar la voz y, en unos segundos, el barullo fue tal que ninguno de ellos conseguía entender a quién tenía al lado.

- ¡Silencio! – Clamó el hombre que daba órdenes a los hombres que piensan demasiado.- La música no nos pertenece. Pertenece a sus autores.
- ¿Quién lo dice? – replicó una voz – No consta en ningún registro. Las canciones circulan libremente por el país y nadie ha firmado aún su autoría. La música es, por tanto, un bien del Estado y lo lógico sería que empezásemos a cobrar por ella.
- ¿Y qué haremos con las nuevas canciones? ¡La gente querrá registrarlas!
- Les dejaremos hacerlo. Luego les daremos una pequeña parte de lo que ganemos. Todo serán beneficios.

La idea era tan brillante que todos los hombres que piensan demasiado decidieron de inmediato crear una nueva ley que controlase la música y el cobro por su utilización. Se crearon varios grupos de hombres con maletín negro que se encargarían de hacer cumplir la ley a lo largo y ancho del país. Uno de aquellos grupos era el que había llegado a la ciudad de nuestra historia.

Los habitantes de la ciudad más feliz del mundo se reunieron en la plaza del Ayuntamiento tal como el señor Alcalde les había solicitado. Todos estaban nerviosos, así que le pidieron al pequeño Luca que silbara una de sus alegres canciones para tranquilizarles. Luca no lo dudó ni un instante y comenzó a silbar su canción preferida, la que más gustaba a todos los habitantes de la ciudad.

- ¡Para! – dijo uno de los hombres del maletín negro, que acababan de irrumpir en la plaza sigilosamente- No puedes continuar silbando esa canción si no pagas antes un impuesto por hacerlo.
- ¿Qué es un impuesto? – dijo Luca.
- Un impuesto es un dinero que los habitantes de un país tienen que pagar a su gobierno por utilizar sus posesiones.


Luca miró al hombre desconcertado. No había entendido ni una palabra pero, justo cuando iba a preguntar, el alcalde apareció y el hombre del maletín se apresuró a encontrarse con él.

- Buenas tardes – comenzó a decir el alcalde- Os he reunido a todos aquí porque estos señores han venido en representación del Gobierno para hablarnos sobre una nueva ley.
- Gracias, señor Alcalde. – dijo uno de los hombres del maletín negro- Estimados vecinos, estamos aquí para comunicaros que según la nueva Ley AC-411 todos los habitantes de este país deberán pagar un impuesto por escuchar o reproducir cualquier tipo de música.
- ¿Cómo? ¿Qué dice? ¿De qué está hablando? – comenzaron a preguntar a la vez todos los habitantes de pueblo.
- Cálmense todos, por favor. – gritó otro de los hombres del maletín negro – Es muy sencillo. A partir de ahora, cualquier persona que quiera escuchar o cantar en voz alta una canción, deberá pagar por hacerlo.
- Pero… ¡la música es libre! – dijo alguien.
- No, eso ya no es cierto- dijo el tercero de los hombres del maletín negro – Desde hace dos semanas, toda la música sin registrar ha pasado a ser propiedad del Gobierno. Los habitantes que así lo deseen, podrán registrar sus nuevas canciones y empezar a cobrar sus derechos de autor. Se ha creado una Sociedad con este fin.
- ¡No pueden hacer eso! – protestaron algunos habitantes.
- ¡Es un atraco!
- ¡Un robo!
- ¡Una locura!

Pero nadie escuchó las protestas. Los hombres del maletín negro ya se habían marchado y, cuando todo estuvo en calma, los habitantes comprendieron que no les quedaba más remedio que aceptar la nueva ley con resignación.

Los días siguientes fueron duros para la ciudad. Todo el mundo había dejado de sonreír, las radios habían sido apagadas y nadie encendía su televisor por miedo a que una canción apareciera de improviso y los hombres del maletín negro acudieran a cobrarles por escucharla. Alguien había decidido encerrar a todos los pájaros del pueblo en un gran almacén ya que, según los hombres del maletín, la nueva ley también podía aplicarse a los cantos que emitían y cualquiera que se topase con un pájaro cantando debería pagar el impuesto correspondiente.

Uno de los hombres del maletín negro había sugerido que, aunque no se cantasen, algunas palabras estaban incluidas en las canciones registradas por el Gobierno y, por tanto, también sería necesario pagar un impuesto por utilizarlas. Como consecuencia, los habitantes de la ciudad dejaron de hablar y comenzaron a comunicarse solo cuando era estrictamente necesario, con gestos y señas.

La ciudad era la viva imagen de la tristeza. No había ni una sola sonrisa en las calles, ni una mirada feliz. Todos caminaban cabizbajos, arrastrándose por las calles como cuerpos inertes y pesados. Los trabajadores cumplían a duras penas con sus tareas, realizando sus funciones de manera lenta y aburrida. El tiempo parecía haberse detenido en la ciudad y ya nadie tenía ganas de hacer absolutamente nada.

Luca, que se había asustado mucho con toda aquella historia de los impuestos, había tratado de aclarar su confusión preguntando a los adultos pero todos ellos habían dejado de hablar, así que Luca no había tenido más remedio que tratar de entenderlo por sí mismo. Él sabía que el problema era esa nueva ley que aterraba a todo el mundo, así que decidió que si quería luchar contra ella, primero debería leerla.

Luca comenzó a leer la ley en voz muy baja, para que ninguno de los hombres del maletín pudiese escucharle: “… Se pagará el impuesto mencionado por escuchar o cantar cualquier canción… “. Cuando leyó aquella frase, los ojos de Luca se iluminaron. Acababa de dar con la solución al problema.

La mañana amaneció soleada y tranquila, como muchas de aquellas mañanas que veían despertar a la ciudad más alegre del mundo cuando aún lo era. Sus habitantes desayunaban en el silencio de sus hogares cuando, sin previo aviso, una ola de felicidad inundó sus corazones. Era un sonido familiar, alegre y vivo que les recordó un tiempo mejor. Era el pequeño Luca, silbando su preciosa canción en la plaza del Ayuntamiento. Los habitantes de la ciudad no tardaron en salir a escucharle, sonrientes.

- ¿Qué haces, niño? – Dijo uno de los hombres del maletín nada más llegar- No has pagado tu impuesto. No puedes cantar esa canción.
- No estoy cantando – replicó Luca. – Estoy silbando. Y en vuestra ley no dice nada sobre silbar.

Los hombres del maletín negro se miraron perplejos. Uno de ellos abrió su maletín y sacó de él un enorme libro de leyes que abrió por la última hoja. Los otros tres hombres se asomaron para poder leer la ley y, desconcertados, descubrieron que lo que aquel niño decía era cierto: en ningún punto de aquella ley se incluía la palabra silbar.

- Está bien- dijo uno de los hombres del maletín – puede que no diga nada sobre silbar, pero sí dice algo sobre escuchar. Todos los habitantes de esta ciudad pueden oírte, así que todos ellos deberán pagar el impuesto.
- ¡No pueden hacer eso! – dijo una mujer.
- Juraría que esa frase pertenece a una canción – aseguró uno de los hombres del maletín – usted, señora, deberá pagar el doble.

La gente, asustada, comenzó a buscar dinero en sus bolsillos para poder pagar a los hombres del maletín negro. El silencio que volvía a llenar la ciudad, solo se veía interrumpido por el tintineo de las monedas que los hombres del maletín negro recaudaban sonriendo.

- ¡No! – Gritó Luca enfadado - ¿No os dais cuenta? ¡No tienen derecho a hacer lo que hacen! Si dejáis que os cobren por escuchar música, pronto empezarán a cobraros por ver películas, por leer, por pensar… ¡Se apropiarán de todo lo que os hace felices! ¿No os dais cuenta? ¡Somos más que ellos! No pueden obligarnos a pagar su estúpido impuesto si todos nos negamos a hacerlo.

La plaza estalló en aplausos, los habitantes de la ciudad sonreían y las monedas habían vuelto a los bolsillos de sus propietarios. Todos saltaban y se abrazaban felices.

- El niño no sabe lo que dice – replicó uno de los hombres del maletín – Vosotros sois solo una ciudad, la ley afecta a todo un país. ¡No conseguiréis poneros de acuerdo! Por eso necesitáis al Gobierno, por eso existen las leyes.

Los hombres del maletín negro seguían protestando cuando, amablemente, fueron invitados a abandonar la ciudad. Luca y algunos vecinos decidieron organizar expediciones a otras ciudades del país para difundir la idea y acabar entre todos con la nueva ley. La propuesta fue recogida con entusiasmo por todos los habitantes del país, que cantaron felices al conocer la noticia de que la ley AC-411 había sido abolida y, por fin, la música volvía a ser tan libre como siempre lo había sido.

Viajes...

Yo he viajado, he visto cosas. He cogido aviones que han aterrizado en otros países, en otros continentes. He observado otras culturas, he probado otras gastronomías. Yo he vivido en otros mundos.

Ahora tengo las paredes repletas de postales, tengo llaveros y camisetas, tengo fotografías que acompañan a mis relatos. Ahora tengo un poco del mundo en mi habitación, un poco de todos los lugares que he visitado reducidos a souvenirs y monedas extranjeras.

Yo he estado tres días, una semana, un mes en algún lugar que no era mi casa, que no era mi ciudad, que no era mi país.

He comprado en la Quinta Avenida, he sincronizado mi reloj con el Big Ben, he navegado por los canales de Venecia, he paseado por el Barrio rojo, he rezado en Miyajima, he subido a la Torre Eiffel, he visto cisnes en Brujas, he lanzado una moneda a la Fontana de Trevi, he dormido en la playa de Tavira, he bailado en Temple Bar, he comido sushi en Ueno, he tocado las ruinas de la Acrópolis.

Yo he hecho todo lo que se suponía que debían hacer los turistas, he sellado mi pasaporte, he guardado los billetes, he enviado postales a mi casa… y, sin embargo, de cada viaje me traje la sensación de que algo fallaba, de que algo me estaba dejando en el camino.

Y siempre al volver revisaba mi maleta, guardaba la ropa, repartía los regalos, enseñaba mis fotos, contaba anécdotas… pero seguía sintiendo que aquello no estaba bien, que me había olvidado de algo, que no traía todo de vuelta conmigo.

Al final lo comprendí, yo que tanto había visto, yo que tanto había viajado, había cometido el error más absurdo de todos: creyendo que ser turista me protegía, me había ido dejando un pedacito de mi corazón en cada una de aquellas tierras, en cada uno de aquellos lugares.

Ahora miro los souvenirs, las postales, las fotografías… y ya no siento que haya estado en aquellos lugares, siento que aún estoy. Una parte de mí, la parte de mí a la que le encantó Montmartré, la parte de mí que se empapó en Brujas, la parte de mi que enloqueció en Manhattan sigue allí, en alguna parte de un país desconocido que sin saber como, me atrapó por completo.



Nota. Me ausento quince días por vacaciones. Dejo algunas entradas programadas, aunque no sé si se publicarán... Os veo a la vuelta! ;)

Should i give up, or should i just keep chasing pavements?

Fue el detonante, el dedo que aprieta el gatillo. Estar allí, entre un millón de personas, sintiéndome más sola que nunca. Como si todo lo que me quedara fuese un yo solitario y marchito que comenzaba a perder lentamente sus hojas.
Silencio.
Y todo ese ruido a mi alrededor... solo más silencio.
Tengo un puñado de lágrimas aquí, en mis retinas. Como olas furiosas en mitad del océano que llegan calmadas a la orilla. Como si no pudiera derramarlas, como si me diera miedo perderlas.
Quizás estás lágrimas sean todo lo que ahora me queda.

Se me agotan las ganas, las fuerzas... y mis rodillas se doblan, ya no me mantienen en pie. Triste. Melancólica. A veces me preocupo demasiado. Como si el mundo entero se apoyase sobre mis hombros.

Solo nos tenemos a nosotros mismos, eso es algo que he aprendido... pero me cuesta aceptar. Me cuesta reconocer que todo lo que viví ahora ya no vale la pena. Me he quedado sin nada y no sé si volveré a encontrar algo por lo que continuar. Me ha abandonado la esperanza. Se ha ido hasta el miedo. Y lo único que me apetece es sentarme a esperar que el tiempo pase sin dolerme demasiado. Que las horas se pierdan como lágrimas en la lluvia. Como silencios, como suspiros... ir perdiéndome, evaporándome hasta que nadie recuerde quién fui.

Tantos años sola y aún no he aprendido que la soledad no tiene amigos. Solo está, más cerca o más lejos... solo está. Aunque no estés sola realmente, aunque te rodee un montón de gente.



Las lágrimas que no lloré

“Qué absurdo es que hayan tenido que pasar tantos meses para que me haya dado cuenta de que jamás podrá haber un “nosotros”. De que lo único que hay, que siempre ha habido, y que siempre habrá, es un gigantesco “tú”. Tú, tú y tú. No sabes pensar en otra cosa. Creo que tu mente ni siquiera es capaz de entender que pueda haber algo más allá, que existen en el mundo otros intereses y otras emociones que las tuyas. Por supuesto, viéndolo desde ese punto de vista me cuadra todo. La forma en la que has jugado con mis ilusiones y mis esperanzas durante meses. Las palabras vacías que me dedicabas y que, en realidad, no eran más que un espejo deslustrado de tu propio ego… Todo tiene ahora sentido”.

************
Ser el malo nunca fue más difícil y, sin embargo, aquel papel arrugado demostraba que lo había conseguido. Ella ahora estaba lejos, yo solo.
No cambiaría nada de este instante aunque pudiera. El dolor, la soledad, la sensación de pérdida… son la inequívoca señal de que ella estuvo. De su mano llegó la felicidad y tras sus pies se marchó mi última sonrisa. Estas heridas son cicatrices de mi dicha, son un recuerdo perpetuo en mi alma.
Es curioso pensar que, siendo ella lo mejor que hubo en mi vida, pudiera ser yo en la suya la más terrible de las casualidades. Mi egoísmo me cegó y me impidió ver que, de cada abrazo, ella salía cubierta de miles de arañazos provocados por mis espinas. Yo era el veneno que iba matando poco a poco su corazón. No supe quererla y, por quererla demasiado de aquella manera incierta, terminé por destrozarla.
Lo comprendí todo el día que vi que ella ya no derramaba sus lágrimas por mi indiferencia. Estaba allí sentada, en la oscuridad del silencioso cuarto, aceptando mis desprecios como una parte más de mi rutina. Sentí compasión por ella. Fue entonces cuando supe que las cosas no estaban bien. No si ella sufría hasta el punto de resignarse a ello. Yo debía adorarla, no compadecerla.
Traté de ser quién no era, de intercambiar mi pobre actuación por una de sus sonrisas… pero no funcionaba. Yo era de una manera que no se cambia con buenas intenciones. Ella me quería demasiado para verlo. Era como una mala adicción, una piedra en su camino con la que no cesaba de tropezar.
Finalmente, comprendí que la única forma de hacerla feliz sería alejándola de mí. Si ella abría los ojos, si ella descubría el horror que yo ya había podido ver… sería lista y saldría corriendo. Confiaba en ella.
Fue duro ver como su dolor iba creciendo poco a poco. Ser indiferente, tosco, rudo… convertirme en la más imposible de sus posibilidades. Ser peor que la soledad, peor que el miedo, peor que la incertidumbre…
Debí hacerlo bien. Esta mañana una carta me recibía en la casa, vacía. El papel arrugado que ahora aprieto con el puño, sus últimas palabras, su despedida…

**************

Está de pie en medio de la calle, con una mano en la enorme maleta roja y la otra en la puerta del taxi. El taxista se da la vuelta en su asiento.
-Oiga, va a subirse o qué -gruñe malhumorado.-Espere un momento… Le pagaré la espera…El taxista se encoge de hombros y vuelve a mirar hacia el volante. Dinero fácil.
La maleta parece pesar una tonelada, como si estuviese llena de ladrillos. No sabe si su decisión es la correcta, y teme estarse equivocando. Mira por encima de su hombro, a las ventanas de la casa donde ha pasado tantos meses. Probablemente él aún no se haya despertado.
La decisión parecía tan fácil cuando dejó la nota… Ahora ya no lo es. Ninguna decisión lo es.
Abriendo finalmente la puerta del taxi, derrama por fin todas las lágrimas que la rutina y la indiferencia habían ahogado.



1ª parte: Sarg
2ª parte: Sara
3ª parte: Sarg

Por ella

- Aquel día vendí mi alma, mi honor y mi orgullo, ¿y para qué?
- Lo hiciste por ella, Demian. Todo fue por ella.

Pero ella ya no estaba y Demian se balanceaba peligrosamente entre la fina línea que separaba sus dos realidades. Héctor le miraba con esa compasión suya escapando a borbotones de sus ojos. Era humillante, patético. Antes nadie hubiese osado a mirarle de aquella manera, pero ahora ya no era quién era entonces. Ahora era solo Demian, un hombre más, vencido por las circunstancias. Un hombre que vivía lamentando la elección que había cambiado por completo su ser.



A finales de 1973, pocos quedaban que temiesen más a la muerte que a Demian Goleen. Él era la personificación del mal, un asesino sin piedad y sin conciencia, que infligía dolor a sus semejantes con una facilidad pasmosa. Nadie se apiadaba de Demian porque el único sentimiento que él despertaba era terror.

Demian tenía algo que le hacía diferente a todos los demás. Algunos lo llamaban don, otros desgracia. Para Demian era una parte de sí mismo que le alejaba de todo para situarle en una posición donde solo él podía elegir el destino de los demás. Un privilegio, una excepción. Él había sido elegido para poseer aquella cualidad excepcional y nada ni nadie podría arrebatárselo.

Demian tenía razón, nadie podría haberle quitado su don. Él era un asesino, un verdugo que torturaba a sus víctimas hasta hacerlas desear la muerte. No importaba cuánto corriesen o cuánto rezasen, ningún objetivo de Demian conseguía escapar. Podía encontrar a cualquiera, en cualquier lugar. Podía hacer que una persona, cualquier persona, suplicara clemencia sin tan siquiera usar sus manos. Podía alargar el sufrimiento eternamente, hasta integrarlo completamente en su víctima.

Nadie podría haberle quitado eso a Demian salvo el mismo.

Bastó una mirada para cambiar todo su mundo. Unos ojos que no le devolvían miedo. Unos ojos que le contemplaban como a un ser humano más. Unos ojos que le sonreían.

Se llamaba Gabrielle. Al igual que Demian, tenía un don. Gabrielle no conocía el miedo. Eso ampliaba su mirada hasta límites insospechados. Es asombroso lo que puedes hacer cuando no tienes miedo. Puedes mirar a la muerte directamente a los ojos sin temblar. Puedes mirar a Demian Goleen como si fuera un humano. Puedes enamorarte de él.

Encontrarse con Gabrielle dividió la realidad de Demian en dos. Estaba el lado en el que solía vivir, donde era un asesino sin escrúpulos ni límites. Cruzando la línea que los dividía, estaba el lado donde Demian era humano, un humano hechizado por los ojos de Gabrielle. Un hombre enamorado y dispuesto a hacer cualquier cosa por su amada.

Gabrielle fue quién tuvo la idea, Demian quién la secundó. Como habréis imaginado, ellos dos no eran los únicos que poseían un don. Había otros, algunos más. La idea de Gabrielle se llamaba Héctor y, por lo que habían escuchado, Héctor compraba almas.

Héctor era un usurero, un ladrón de poca monta que engañaba a sus clientes a diario. Ellos empeñaban sus almas, pensando que podrían recuperarlas algún día. Héctor sabía la verdad, pero no decía nada. Les dejaba marchar sabiendo que jamás volvería a verlos.

Sin embargo, ni siquiera Héctor hubiera osado engañar a Demian Goleen. Le habló de su habilidad. Le dijo la verdad. Y Demian aceptó. Por ella, por Gabrielle.

- Tu alma está fragmentada en dos - le dijo - Solo cogeré la mitad.

Y así acabó todo. Demian Goleen se quedó con la mitad de su alma que amaba a Gabrielle por encima de su don, por encima de su naturaleza. Ella lo cambió y solo por ella, él aprendió a vivir de nuevo.

Años más tarde, Gabrielle miraría a los ojos de la muerte sin miedo. Demian, solo y desamparado, acudiría en busca de la mitad de sí mismo que jamás la había amado. Intentando cambiar su dolor por olvido. Intentando recuperar su antes de ella.

- Yo solo cojo almas, Demian - le recordó Héctor - No las devuelvo.

Y sus ojos llenos de compasión, vieron como Demian lloraba por primera vez en su vida.

Intercambio de palabras breves

- ¿Tú me quieres?
- Sí.
- ¿Por qué?
- Porque no me imagino mi vida sin ti.

SMS

“1+1=3”

El mensaje parpadeaba en el móvil de Jacob como si estuviera asustado. No tenía ningún sentido para él, ningún significado y, sin embargo, aquella falta de coherencia le resultaba terriblemente inquietante. Aquel mensaje significaba algo y, quienquiera que se lo hubiese enviado, estaba retándole a descubrirlo.

En la comisaría no pudieron averiguar mucho más. El mensaje había sido enviado desde un móvil de prepago, eliminando cualquier posibilidad de rastreo. Jacob estaba en su oficina, sentado frente a un folio en blanco con aquella suma escrita con grandes números cuando el subinspector Bennet entró a decírselo.

- Tampoco hemos sido capaces – dijo el subinspector- de encontrar algún texto oculto en el mensaje.
- Es posible, Bennet, que este mensaje no oculte nada. Quizás solo diga lo que hemos leído, uno más uno igual tres.
- Pero eso no tiene sentido, señor.
- ¿Y si lo tuviera?

Jacob tenía tres cosas claras respecto a aquel misterio. La primera era que no habían elegido su número al azar. La segunda era que, el autor de aquel mensaje, tenía un asunto pendiente con él. Y la tercera era que, tarde o temprano, resolvería aquel misterio.

La comisaría despertó revuelta al día siguiente. El inspector Jacob había recibido un nuevo mensaje, aunque esta vez se trataba solo de unas siglas:

“C.A”

Nada más recibir el texto, toda la comisaría comenzó a buscar el significado de aquellas siglas desesperadamente. Para sorpresa de todos, la tarea se vio considerablemente simplificada por una hallazgo desconcertante, el mensaje había sido enviado desde el teléfono móvil de Claire Adams, una niña de 9 años que llevaba desaparecida 48 horas.


- ¿Por qué tendría una niña de tan corta edad un teléfono móvil? - preguntaba Jacob en voz alta.
- Tenía diabetes. Sus padres le habían comprado el teléfono por si sufría algún ataque repentino. Tenían contratado un servicio de localización GPS, pero está desactivado.

El nombre de Claire se revolvía en la cabeza de Jacob intranquilo. Era un nombre que le resultaba familiar, un eco de su pasado… la diabetes, la edad de la niña, … Instintivamente, sus manos comenzaron a teclear un nombre en el ordenador. Un nombre que, como todos aquellos hechos, regresaba de su pasado.

¡Es él! – Exclamó Jacob nada más entrar al despacho del subinspector Bennet – Peter Gray. Él está detrás de todo esto.
¿En qué te basas, Jacob?

- He estado repasando su expediente, salió en libertad condicional hace dos semanas. Yo le metí en la cárcel. Tenía una clínica especializada en diabetes infantil. Secuestraba a sus propias pacientes, siempre niñas de entre nueve y diez años. Las soltaba unos días más tardes. A todas menos a Claire. Ella fue la primera y la tuvo encerrada durante meses, hasta que le encontramos. Es un auténtico psicópata.
- ¿Y por qué iba a escribirte esos mensajes?
- Juega conmigo. Quiere provocarme. Ver si soy capaz de atraparle de nuevo.
- No puedes ir a por este tipo con unas pruebas tan pobres, Jacob. - Sugirió Bennet- Podrían sancionarte. ¿Tienes alguna idea de donde podría estar? Podríamos hacer un par de comprobaciones antes de dar la voz de alarma.
- Sé dónde llevaba a aquellas niñas.

No hizo falta decir nada más. Todos en la comisaría conocían el punto débil de Jacob, no era ningún secreto que le había costado llegar hasta su posición y que solía cuidarse mucho de cualquier posibilidad de perderla.

Los inspectores llegaron al viejo almacén abandonado tres cuartos de hora más tarde. El lugar era, aparentemente, tranquilo. Perteneció a una empresa textil que lo utilizaba para guardar muestras y algunos pedidos, llevaba más de treinta años abandonado pero nadie se había preocupado de derribarlo aún, pese al lamentable estado en que se encontraba. Nada parecía sugerir que allí hubiese sucedido una tragedia tan terrible.

Jacob iba primero, sujetando su pistola con firmeza y completamente preparado para disparar a Gray a la mínima señal de peligro. Esta vez, pensaba, no iba a hacer las cosas a medias. Bennet le cubría las espaldas desde una distancia prudencial.

Peter Gray no estaba en la posición en que Jacob había imaginado que estaría. A la sorpresa inicial, le siguió la terrible sensación de que se le había escapado algo… o alguien. El golpe que le derribó sobre el suelo fue la prueba definitiva de que aquello era una trampa.

- Veo que esta vez, Jacob, no has tardado tanto en encontrar a Claire.
- ¿Bennet? ¿Qué significa todo esto?

Peter Gray permanecía inconsciente y atado sobre la silla, tal como Jacob le había encontrado al irrumpir en el almacén. Ahora él también estaba atado y tenía un terrible dolor de cabeza, seguramente provocado por el golpe que le había dejado fuera de combate. Bennet estaba frente a ellos, con su pistola y una mirada completamente diferente. Ya no era el joven subinspector que le saludaba cada mañana con un café en cada mano. Hablaba con calma, como si hubiese estado mucho tiempo esperando aquel momento y tuviese su discurso bien ensayado.

- En realidad, Jacob, mi nombre es Michael Hellman.
- ¿Hellman? ¿Cómo la primera niña que Gray secuestró?
- Claire Hellman era mi hermana, Jacob. Yo tenía quince años cuando desapareció. Tú eras por aquel entonces un policía novato que quería ascender a toda costa en el cuerpo.
- Eso pasó hace doce años, Michael, ¿qué quieres ahora de mí?
- Venganza, Jacob. Tuviste a Gray a tiro, pudiste matarle y no lo hiciste. Temías que aquel disparo dificultase tu futuro ascenso. Le dejaste vivir cuando no lo merecía.
- Le encerramos. Tu hermana estaba viva.
- ¿Viva? Claire ya no recuerda lo que era estar viva. Se encerró en sí misma, jamás superó aquel secuestro. Tuve que verla sufrir durante años.
- Ella no querría que hicieras esto, Michael.
- Ella está muerta. Cuando supo que Gray había salido bajo fianza tras aquella ridícula condena, Claire se suicidó. Mi hermanita acabó con su vida porque estaba aterrorizada. Él hizo cosas horribles y tú no hiciste nada por remediarlo.

Jacob recordaba aquellas cosas. Las había leído todas en el informe del caso y había llorado tras hacerlo. Fue la única vez en toda su vida que sufrió por uno de sus casos. Claire Hellman tenía tan solo nueve años cuando Gray la secuestró. Estuvo nueve meses en aquel almacén, nueve meses sometida a una auténtica tortura. Aquel había sido el primer gran éxito de Jacob. Resolver el caso Hellman le había valido su primer ascenso. Michael tenía razón al señalar que, de haber apretado aquel gatillo, no lo hubiera conseguido.

- Los mensajes… - Murmuró Jacob - No eran el estilo de Gray. Debí de haber sospechado. ¿Por qué lo hiciste?
- Te quería traer aquí, justo al lugar donde cometiste el primer error. Ahora lo arreglaré todo, Jacob. Las cosas serán como debieron haber sido entonces.
- ¿Y Claire Adams?
- Viva, de momento.

Jacob recorrió de un vistazo rápido el almacén. No vio ningún signo evidente de que la niña estuviera allí. Aunque consiguiese escapar, tendría que tener cuidado de mantener con vida a Michael para poder interrogarle sobre su paradero.

- Déjala ir. Ella no es culpable de nuestros errores. - Jacob trataba de hacer tiempo mientras intentaba aflojar la cuerda que le mantenía atado a aquella silla. - Mátame si quieres, pero déjala libre.
- En realidad, Jacob, no tenía pensado matar a Claire pero ella es indispensable para recrear los hechos. Mi hermana murió aquel día de alguna manera. Alguien tiene que realizar su papel, ¿no cree, inspector?
- ¿Qué vas a hacer?- La cuerda estaba demasiado tensa, la voz de Jacob comenzaba a temblar.
- Os mataré a ti y a Gray. Luego lo arreglaré todo para que la policía piense que viniste aquí para detenerle pero la cosa se puso fea y acabó en un tiroteo. Sé como hacerlo, soy uno de ellos… - Rió - La pobre Claire no podrá ser rescatada ya que la única persona que, en teoría, conoce su paradero está muerta.
- Uno más uno igual a tres. - El descubrimiento dejó a Jacob helado.
- Exactamente, inspector, exactamente.

Los lunares de tu espalda

- ¿Sabes? Cada lunar de tu espalda me cuenta una historia.- dice mientras sus dedos se deslizan despacio sobre su piel - Éste de aquí me ha dicho que antes vivía en la espalda de una princesa que no podía soñar.
- ¿Y qué le pasó a la princesa? – contesta con curiosidad.
- El día que tuvo su primer sueño, se asustó tanto que salió corriendo de palacio y nunca volvieron a verla. – dice mientras sus dedos comienzan a trasladarse en busca de otro lunar.
- ¿De quién era éste otro?- señala un lunar que tiene cerca del omoplato.
- Ese era de un guerrero samurai. Todos le temían y respetaban. – dice con solemnidad.
- ¿Qué fue de él?
- Se encontró con cierta princesa – ríe – tuvieron dos hijos y él terminó cambiando la espada por el biberón.
- ¿Y éste?
- Ese antes vivía en mi piel. – sonríe con picardía- Se pegó a la tuya un día que dormíamos espalda con espalda.
- ¿Y qué te cuenta?- dice cogiéndola por la cintura.
- Dice que te quiero con locura.

Entonces él se da la vuelta y ella deja de contar lunares para empezar a contar besos.

Cause I'm wasting time, but it isn't my heart... it isn't my fault.

Esto no se parece a mi sueño. Es mucho más frío, mucho más duro, más real tal vez... es como la historia que queda cuando terminan los títulos de crédito o esas palabras que pronunciamos cuando nadie está escuchando ya. Es como engañarme a mí misma, mentirme y saber que no me creo. Es como todas las veces que dije que yo no sería de esta manera y, de repente, me encuentro de lleno dentro de lo que nunca quise ser... y, de alguna manera, no puedo escapar.
Es como cuando aparto los ingredientes que no me gustan del plato y se van quedando en los bordes y, al final, me los tengo que comer todos de golpe y con cara de asco. Es porque las cosas malas no son menos malas por dejarlas para el final y lo cierto es que, mezcladas con las buenas, no parecen tan terribles. Será que todo lo bueno se quedó en el principio o que todo lo malo se ha ido quedando para el final. O puede que sea que yo creí que podría aguantarlo, que podría ser más fuerte que mi corazón.

Es como cuando descubres que ya no crees en la magia, que las pesadillas ya no te dan miedo o que el amor no es para toda la vida. Es como cuando lees esas historias que siempre les pasan a otros y, de repente, tu nombre esta en el titular. Es como cuando quieres llorar y no te quedan lágrimas, no te quedan fuerzas, no te queda voz... y te ves ahí, sentada en un rincón, con la mirada perdida y la verdad encontrada arrugándose entre tus manos, mientras tus ojos secos se niegan a mirarla. Es como saber que te quedan veinte páginas para terminar el libro y no quieres leerlas porque temes que se acabe. Es como los latidos torpes que se arremolinan en tu pecho y van saliendo a borbotones, como el agua de una cañería rota.

Es como quererte y, a la vez, es como dejar de hacerlo.



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